II – G30A – La batalla de Montaña Blanca (1620): Católicos 5 – Protestantes 0

Las batallas clarifican muchas cosas. Estaba claro, el 7 de noviembre de 1620 cerca de Praga, que había, tal y como decíamos en el post anterior, dos bandos: Federico IV apoyado por la Liga Protestante y Fernando II reforzado por la Liga Católica… En ese punto, también estaba claro que ya poco importaba quién tenía razón. Y por último, también quedaría claro llegado el momento, que la razón se iría con el vencedor… o no.

Sea como fuere, los ejércitos (con un tal René Descartes en las filas católicas en vías de alumbrar la filosofía moderna…) acamparon, distantes unas leguas uno de otro, cerca Praga y se dispusieron a pasar una gélida noche de invierno a la espera del desenlace que se produciría al día siguiente. Había mucho en juego. Curiosamente sólo unos pocos miles de soldados venían “de parte” de España (Con el magnífico Johann Tserclaes, otro protagonista que recordar…, conde de Tilly, al frente) porque el grueso del ejército español estaba lejos de allí, en el Bajo Palatinado, participando en el conflicto “moviéndole la silla” al tal Federico IV en su propio feudo.

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Al principio no estaban los españoles muy por la labor de participar en este “problema” local… Cierto es que había buena entente con la rama austriaca, pero no tanto como para ir pisando charcos por pisar… Aunque a nadie en la Corte Española se le escapaba que el conflicto entre Federico IV y Fernando II podría tener repercusiones negativas para España.

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A petición de Felipe III, el Consejo de Estado se reunió para tratar el asunto. Las posturas se resumieron en dos:

Ayudar al Emperador (católico. Detalle importante…). Implicaba invertir mucho dinero y hombres. Y eso sí, que el Emperador “nos debiera un favor… pero de los grandes”.

No ayudar al Emperador (contra los protestantes). Entrañaba el riesgo de que, con derrotas en el campo de batalla, el difícil equilibrio del SIRG se decantara hacía los protestantes. Eso comprometería la posición de España en Flandes (donde la tregua estaba cerca de finalizar) porque la ayuda de los protestantes a los rebeldes holandeses sería, sin duda, más fluida. Contrarrestar eso implicaría, también, mucho dinero y hombres… pero la situación sería mucho más peligrosa.

Así que la diplomacia española se mueve en consecuencia para arrimar el ascua a su sardina teniendo clara su posición: No alejaría a los Tercios de los territorios Flandes (estaba a punto de finalizar la Tregua de los 12 años con los rebeldes holandeses) y evitaría salir en la foto como protagonista de la contienda.

Fácil. Su ayuda se englobaría en la Liga Católica y, por otra parte, concretaría su apoyo militar con una campaña por el Palatinado (feudo de Federico IV) con tropas, no de España sino de los Países Bajos Españoles (que era igual pero no era lo mismo…).

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid… resulta que el Palatinado queda a la altura del Ducado de Lorena, convirtiéndose en una alternativa muy golosa a la propia Lorena (que era un estado independiente y aliado) para garantizar, en el futuro, el Camino Español que conectaba los territorios de la Corona Española en Europa. Y no sólo eso, ese territorio se convertía en un puñal cercano a la retaguardia de los rebeldes holandeses que entorpecería las ayudas protestantes desde Alemania.

Con los acontecimientos se concreta la colaboración de España: Gente de guerra y, sobre todo, dinero. A finales de Agosto de 1620 se inicia la “Campaña del Palatinado” (cuando ya habían empezado las escaramuzas y encontronazos entre Federico y Fernando) que es dirigida por Ambrosio Spínola de manera magistral (y nos quedamos cortos…). Unos datos:

El 14 de Septiembre cae Oppenheim (clave en la defensa protestante del Palatinado), el 1 de Octubre Bacharach, poco después Kirchberg, (… en los 6 meses siguientes Spínola rindió más de 30 ciudades y castillos a lo largo del Bajo Palatinado…). No es que fuera un paseo (muchos dejaron la lana en el camino…) pero la gestión que hacía Spínola de la guerra era impresionante.

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Así, en el amanecer de un 8 noviembre de 1620, con las noticias de la exitosa campaña de los españoles en el Palatinado, el foco de atención se trasladara a Praga donde estaba todo por decidir…

Y que queréis que os diga… les dieron una paliza en toda regla (algo así como “una manita” en términos futbolísticos… aunque no perdemos de vista que estamos hablando de una guerra ¿eh? muerte, destrucción, familias rotas, huérfanos…). Los protestantes recibieron hasta en el cielo de la boca. No entraremos en detalle, por otra parte interesantes, si no que, si os parece, avanzamos hacia las consecuencias…

Para empezar, Federico se queda sin Bohemia y sin Palatinado (aquí aplica eso de…”Manolete, si no sabes torear…”). El Emperador adjudicó el Bajo Palatinado a Isabel Clara Eugenia (hija de Felipe II) y a su marido, como soberanos de los Países Bajos Españoles y el Alto Palatinado al duque Maximiliano de Baviera, en pago a los servicios prestados.

La Liga Protestante, vapuleada, sencillamente se diluye y con ella los apoyos a Federico que se había quedado sin territorio que gobernar. Así que, el tal Federico, se dedica a pregonar, en todas las Cortes protestantes, el peligro que suponía que los Católicos no tuvieran contrapeso en Alemania estando tan bien acompañada en Centro-Europa por España.

Por entonces se aupaba al poder en Francia un tal Cardenal Richelieu (hacia 1624) y, con el paso del tiempo, cuando en las filas protestantes las heridas restañaron, empezó a calar ese discurso del miedo… y eso, señores míos…, eso… despertó profundos temores…

En la próxima entrega… ¡¡¡Los vikingos al rescate!!!  (bueno, vale, los daneses y suecos…)

El Camino Español

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