Conde de Egmont decapitado: Cuando el hijo desdice al padre

Que cada uno se queda con la parte de la historia que le interesa, es cierto desde que el principio de los tiempos. También que no hay peor sordo que el que no quiere oir, peor ciego que el que no quiere ver, ni persona más dócil que la que no quiere pensar. Mucho de eso ocurre con lo que hoy traemos a colación: La decapitación del Conde de Egmont y si era merecedor de esta dura sentencia.

Fue esta una decisión, muy difícil, que tomó Felipe II por la traición del Conde de Egmont, el conde de Horn y Guillermo de Orange. No sólo por hacer dejación de funciones en sus respectivas responsabilidades, sino por alentar las tumultos y violencias que dejaron la gobernadora de los Países Bajos a los pies de los caballos, política y militarmente hablando, y desembocaron en la furia iconoclasta (de 1566) y los graves sucesos de después.

La posición de Felipe II no era fácil. Si no hacía nada contra esos tres nobles pertenecientes a la orden del Toisón de Oro el mensaje enviado era nefasto: no tenía autoridad sobre ellos. Si hacía algo tenía que ser a la altura de la gravedad de los hechos (asesinatos, profanación y saqueo de iglesias católicas, destrucción de las obras sagradas, y de arte, de su interior, tumultos, desobediencia a la autoridad, robos,…).

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Felipe II junto con sus asesores y con los “abogados”, valoraron la situación. Tuvieron en cuenta, mucho, su condición de miembros del Toisón de oro, y llegaron a una conclusión avalada por los expertos en derecho y el sentido común. Concluyeron que pertenecer al Toisón de Oro no les daba inmunidad ante su implicación y responsabilidad en los hechos. Felipe II obró en consecuencia: Traición. Les cortaron la cabeza en lo que ahora es la Grande Place de Bruselas un 5 de junio de 1568.

La leyenda negra, o la Historia contada de manera interesada, ha juzgado duramente a Felipe II por aquellas sentencias. Egmont y Horns, adalides de la libertad religiosa fueron sentenciados injustamente y salvajemente ajusticiados por los represores.

Hoy se puede ver una placa que lo conmemora en la Casa del Rey. Hasta ahí la historia que más o menos se sabe sobre cómo acabó Lamoral, Conde de Egmont, lo que coleo de la Leyenda Negra y en la que podríamos incluir el mensaje de la placa escrita muchos siglos después de la ejecución.

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Lo que ya no sabe tanta gente es que Lamoral tenía un hijo pequeño en el momento de su muerte. Felipe, se llamaba y que heredó, llegado el momento, el título de su padre decapitado, Conde de Egmont. Guillermo de Orange, el tercero que lideró aquella rebelión y que escapó, lo acogió en su seno para tutelarlo. Tal vez se podría pensar que de manera altruista, pero estamos hablando de Guillermo de Orange…

Y efectivamente Guillermo de Orange no debió ser un gran tutor porque Felipe, cuarto conde de Egmont, en cuanto tuvo ocasión se quitó de encima el tutelaje del Taciturno y fue a buscar el amparo de… Felipe II. El que sentenciara y ajusticiara a su padre… Más que amparo fue a ofrecer sus servicio a Felipe II. Y de manera activa, participando como militar en la recuperación de varias ciudades de las garras protestantes.

Corría el final de la década de los 70 y Alejandro Farnesio había tomado el testigo en la gestión de la difícil situación en la que se encontraban los Países Bajos en los que los de Guillermo de Orange, mediante un golpe de estado, se había hecho con el poder unos años antes y lo ejercía con mano represora sobre los católicos. Alejandro Farnesio trataba por entonces de poner las cosas en su sitio. Y lo estaba haciendo. Vaya si lo estaba haciendo.

Una de las escaramuzas estuvo liderada por nuestro protagonista que a punto estuvo de dar fin a la Guerra de los 80 años. Fue en Baasrode un puerto interior del Escalda, cerca de Derdemonde a las afueras de Amberes, un 15 de agosto de 1579.

Los realistas interceptaron un mensaje donde se informaba sobre la presencia de Guillermo de Orange en la inmediaciones del puerto. Felipe, el conde de Egmont, fue el encargado de liderar y atacar con un pequeño contingente de 600 soldados el puerto que estaba ocupado y defendido por 450 protestantes. Si el asalto triunfaba, el tutor en su infancia, Guillermo de Orange, estaría a su merced y la guerra, posiblemente, llegaría a su fin.

El asalto triunfó. Baasrode fue tomada casi sin dificultad ante el factor sorpresa bien ejecutado por el Conde de Egmont. Su padre, buen militar, hubiera estado orgulloso. Sin embargo el gozo no fue completo porque, Guillermo de Orange, el Taciturno, el gran traidor, escapó en el último momento río abajo en una barcaza.

Seguramente pocas cosas le hubieran dado más placer a Felipe, Conde de Egmont, que entregar al que había iniciado la guerra civil en los Países Bajos al Rey. Una guerra que a él era imposible que se le escapara que se había iniciado también por la posición que tomó su padre durante la Furia iconoclasta aquel lejano año de 1566. Quien sabe, tal vez fuera la mejor manera de resarcir, luchando por el rey que su padre traicionó, el error que cometiera su padre y que estaba desangrando a su tierra en una guerra civil que duraba ya más de diez años.

En realidad las respuestas importan poco, lo importante es hacerse las preguntas.

El Camino Español

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