2. Venciendo al gigante…

No las tenía todas conmigo, la verdad. No ha habido mucho tiempo para preparse físicamente. Y mentalmente las cosas, muchas veces, dependen del día. Por lo menos luce el sol y el cielo está despejado. A priori es bueno, claro, porque si las ascensiones son duras de por sí, hacerlas con lluvia ya ni os cuento. Claro que, haciendo muy bueno y siendo domingo ya verás cómo estará la plaza…

El primer tramo hasta Chiavenna desde Colico es llano. Así que desde el punto de vista deportivo y paisajístico es una delicia. El tema gastronómico también ha estado genial en el B&B L’Isola, donde Didier nos ha hecho un desayuno completo, buenísimo y con todo el cariño. ¿Por qué lo sabemos? Porque, en todos los Camino Español que llevamos recorridos, es la primera vez que nos preparan un café de cafetera italiana. Ya solo por eso merece la pena alojarse aquí. Qué bueno es el café recién hecho, madre mía. Huelga decir que hemos dormido genial :-). Total que el desayuno, fenomenal y la charla con Didier también (que tiene vida para escribir un par de libros, mínimo).


Pero desde el punto de vista histórico hay una cosa que es importante saber y que es determinante para entender por qué el Conde de Fuentes puso el Fuerte en esta zona (por cierto archinombrado en toda la población). Conocer ese dato facilita entender mejor la importancia de enclave y también la repercusión desde el punto de vista local pero también desde el punto de vista geo-político. Y es que toda esa zona desde Colico hasta Chiavenna estaba, en el siglo XVII, inundada. Es decir, formaban parte y estaba conectado con el lago de Como que obviamente era más grande que el actual. Así, el Fuerte de Fuentes, ubicado en el monte donde ahora se encuentra, se posicionaba y sobresalía entre los dos valles (Valtellina y Engandina, ambos valles utilizados por el Camino Españole) y contralaba todo lo que entraba y salía por aquella zona de los Alpes (que era mucho).

Ahora con el Lago de Como en retroceso no se entiende la importancia del Fuerte de Fuentes, pero entonces fue una decisión estratégica que facilitó mantener abierto el Camino Español durante décadas y todo lo que eso implicó desde el punto de vista de la logística militar y más aún de los intercambios que se produjeron a raíz de tener una vía tan larga abierta.

Total, que a Chiavenna hace cuatrocientos años podías ir en barco, pero ahora se puede ir en bici y es un paseo de lo más agradable. Eso sí, ya solo salir del centro de Chiavenna se desatan las hostilidades y el Gigante Splugen te ataca con todas sus ganas.

Al poco de iniciar la ascensión te encuentras un letrero que indica «tornante 1» y un poco más allá «tornante 2» y así sucesivamente. Al principio del todo hay uno que te dice que son 51 tornantes para llegar al paso del Splugen. Y tal vez pienses que 51 curvas no son muchas… pero es que no es exactamente así. Solo se contabilizan aquellas curvas que tienen un cambio de sentido de 180 grados y tienen inclinación. Las otras curvas no cuentan, tampoco los kilómetros que pueda haber entre tornantes.

Como no todo puede ser pedalear, me tomo un respiro y en una de las poblaciones que atravieso decido comer algo. Es pronto, las 12:30. En una tienda pequeñita, que tienen de todo un poco, me preparan un bocata. Les pido por favor que si puedo cargar el móvil. No hay problema, siempre y cuando consumas. Y no es barato. Pero bueno, al solete, en una silla de plástico que había por ahí, doy buena cuenta del bocata y, como quien no quiere la cosa, una siesta de diez minutos. Me sabe a gloria bendita. No hay nada como una buena pelfa (en bici o arando un campo o como sea) para apreciar el descanso y la comida. Con las mismas, me pongo en marcha. Sin muchas ganas, pero bueno, con la intención de vencer a ese mastodonte con nombre un tanto atemorizante.

Y en esas estás. Desde las primeras pedaladas con una cadencia rápida pero sin chicha, con poco avance. Las pendientes del Splugen se pronuncian ante tí, y a tí no te queda más remedio que agachar la cabeza, sin dejar de pedalear, como pareciendo que cedes a lo imponente de su presencia. No cedes. No cedes, pero te suben los calores y empiezas a sudar.  

Pasas poco a poco «tornantes» mientras maldices al de la moto o al del coche que pasa cerca; maldices el ruidito mecánico de la bici que nunca escuchabas pero que ahora sí, y que te saca de quicio; maldices no haberte preparado mejor y haber adelgazado esos 5 kilos que te sobran; maldices a todos los que te pasan con sus bicis de 1000 gramos, o a los que llevan motorcito, mientras tú sigues con la que compraste hace 10 años y que pesa 10 kilos; Maldices el calor y el sudor que te cae por las cejas y se mete en los ojos y que escuece; maldices a la p*t* mosca que hace que sueltes el manillar para espantarla. También el viento cuando va en contra, o si va a favor porque no es lo suficientemente fuerte; Maldices las curvas cerradas con pendiente que te hacen abrir la trazada porque son más metros a recorrer, y maldices también las curvas abiertas porque esas no son «tornantes» y no cuentan. Maldices el dolor de la rodilla derecha que anuncia más problemas de los que te da la montaña; y maldices el dolor que te provoca el sillín en salva sea la parte porque ya no sabes cómo ponerte. No se, lo maldices todo, pero sigues pedaleando. Y lo haces, lo hago, porque estoy ahí porque quiero. Y eso es, en verdad, un privilegio.

Aún así, cuando recorres los más de 20 kilómetros que entre Chiavenna y el paso de Splugen y superas los más de 2000 metros de desnivel, te das cuenta de que el Splugen no era tan gigante y que, a veces, los «gigantes» los hacemos nosotros más grandes de lo que son. Suena a moralina, pero es la verdad.

Me tomo mi tiempo en el paso. Coches y motos lo atraviesan en uno y otro sentido, totalmente ajenos a la alegría enorme que siento maquillada con unos cuantos kilos de cansancio. Ya lo dije en otra ocasión: el cansancio se olvida, pero la sensación de alcanzar un reto que parece imposible permanece.

Si, el cansancio se olvida, pero si le podemos ayudar, se olvida antes. Y una buena ducha parece la mejor de las maneras. Así que ahora toca bajar. Hay que ir a la población de Splugen que está unos cientos de metros más abajo. Como hay tráfico no puede uno desmelenarse y aún así bajar resulta de lo más divertido. Splugen espera y allí un merecido descanso después de una jornada de 9 horas de pedaleo. Aunque sin mucho margen para la relajación porque mañana espera Liechtenstein. ¿Sabíais que según cómo se mire lo creó un rey español*? Mañana os lo cuento.

El Camino Español

*Bueno, la cosa tiene un poquitín de trampa, pero seguro que a partir de ahora sabréis quien creó este país.  

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