El padre del famoso pintor que convirtió en cornudo a Guillermo de Orange

Lógicamente en Holanda son poco de recordar que Guillermo de Orange, su padre de la patria, era un cornudo. Lo decimos sin acritud, de veras, aunque suene un poco descarnado, porque efectivamente no estamos por suavizar los adjetivos. No por nada, sino por estar a su altura, dado que los holandeses, así en general, son poco proclives a suavizar sus adjetivos con respecto al Duque de Alba y a Felipe II.

La cosa tiene su miga porque, aquel con quien le puso los cuernos Ana de Sajonia, por entonces la esposa de Guillermo de Orange, tiene un apellido famoso como pocos. No sólo en aquellas tierras bajas sino en el mundo entero. Pero antes de revelarlo dejadnos que os pongamos en tesitura para vestir el santo y ocupar un par de párrafos más.

Ana de Sajonia era rica por castigo. Sí, no era muy agraciada, ciertamente. Pero era rica de castañas e hija de Mauricio de Sajonia que, para situarnos un poco, podemos decir que era un elector protestante y que, en su momento, no tuvo reparos en traicionar al Emperador Carlos (padre de Felipe II). La hija, como el padre, también nos salió protestante y heredó, a la muerte de éste, su inmensa fortuna, territorios e influencia.

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A Guillermo, la verdad, igual le daba “Juana que su hermana”. Como la jugada de alcanzar la gobernación de los Países Bajos vía matrimonio con católicas (Renata y Ana, ambas primas de Felipe II) no le salió bien (de veras, leed este episodio de la Historia porque no tiene desperdicio), pues se casó con una protestante germana, Ana de Sajonia, para pillar cacho (esto es, dinero e influencia para de una manera u otra alcanzar la gobernación de los Países Bajos).

Se casaron en 1561… y sí, casi podemos dar por seguro que el amor no estaba invitado a aquella ceremonia. Y no creemos que apareciera después, la verdad. Sea como fuere, la cosa aguantó unos años y nacieron algunos churumbeles. Pero para la década de los 70, y con Guillermo sorbiendo los recursos propios y ajenos en su particular cruzada por alcanzar el poder en los Países Bajos (a costa de la paz y prosperidad de holandeses, flamencos y valones), ese matrimonio, al parecer, hacía algunas aguas.

Fue entonces cuando apareció el otro protagonista de la historia, abogado para más señas, que tenía como objetivo asesorar en asuntos legales a Ana de Sajonia. La cosa se les fue de las manos y pasó lo que pasó. El abogado se llamaba Jan. Jan… Rubens. Efectivamente, padre (más adelante, en 1577) del pintor flamenco del Barroco por excelencia (y espía de Felipe II) Pedro Pablo Rubens.

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El “affair” fue un bombazo en la línea de flotación de Guillermo de Orange, el cornudo. Él, que estaba, a las buenas o a las malas, predestinado a ser la máxima autoridad en los Países Bajos, engañado por su esposa.

La historia no ha tratado bien a Ana de Sajonia que es tenida, según wikipedia (que hay que coger con pinzas) por “inestable, cambiante entre la melancolía, la violencia y el impulso suicida”. Guillermo de Orange, maestro de la propaganda, que de mentira en mentira era capaz de poner en entredicho la autoridad de un rey legítimo, su esposa no le duraría llegado el caso ni medio segundo.

Le quitó a sus hijos (de los que él nunca se encargó), forzó el divorcio y llegado el momento se casó con otra. Dicen que por amor… aunque esa es otra historia.

Así que sí, Jan Rubens protagonizó dos grandes hechos para la historia de la humanidad: Dio su apellido a un genio de la pintura y le apañó dos banderillas como dos soles a Guillermo de Orange. No me diréis que no es para ponerle un monumento al tal Jan…

… pero sin acritud ¿eh?

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