Divagando por la Sevilla del Quinientos

Un zoom se proyecta sobre un mapa de la ciudad actual pero no para recorrer geografías sino invisibles dimensiones temporales. Esta es una propuesta para viajar en el tiempo por las ciudades del pasado planteando una herramienta virtual que aún no existe. Al modo de un Google map street view pero para visualizar las calles de otros siglos. Una máquina del tiempo digital, un Google Time que enfocamos, por ejemplo, en un lugar al azar. Elijamos la Plaza de San Francisco. Estamos en el siglo XVI y ya se percibe el aroma de época: sudor de caballo, calzas usadas, bostas y paja fermentada, aire de muladares, vino macerado de tabernas, afeites sobre pieles grasientas y basquiñas sudadas.

Hay trajín de canteros. Una densa humareda de polvo rodea la plaza. Son las piedras calizas de Morón que se levantan para lo que será el nuevo edificio de las Casas Consistoriales. Ya se ven los atrevidos perfiles del libro mitológico esculpido por Diego de Riaño, maestro mayor de la obra de cantería: guirnaldas con dioses profanos, estilizados estípites, coros de cariátides, alegorías de cornisa y un bestiario plateresco. Lejos queda el anticuado Corral de los Olmos -en la Plaza de la Virgen de los Reyes del mapa actual- donde se reunían los aljameles o arrieros. Si aguzamos la vista con anteojos de mejor vista, veremos al asistente, al alguacil mayor, los alcaldes mayores y alcaldes ordinarios.

A pesar del hedor que deja aturdido el olfato podríamos seguir el camino que lleva al río. ¿Cómo era el Guadalquivir en el Quinientos? Caminamos por la calle de la Mar y la del Ancla -qué pena de hermosos nombres perdidos- y ya aparece un horizonte de navíos, galeras, naos, carabelas y galeones. En las riberas hay un trasiego de calafates y carpinteros de ribera.

Sevilla es la gran ciudad de ultramar, la puerta del Nuevo Mundo, la capital económica del imperio más importante de este siglo. Los Reyes Católicos crearon en 1503 en esta Sevilla afortunada la Casa de la Contratación, institución que resume la modernidad de la época, lejana ya la Edad Media. Triunfan los negocios y la burguesía comercial que se traslada a Sevilla porque aquí reside el monopolio del comercio con el Nuevo Mundo. Un florecimiento que irá decayendo con el paso de los años hasta que todo parezca un espejismo del pasado.

Pero aún seguimos en el siglo XVI. Si este paseo coincidiera con la llegada de la flota de las Indias, el espectáculo que veríamos sería fascinante. Crujen las maderas de los barcos y hay un griterío de la marinería que descarga las mercancías y la plata y el oro. Suenan músicas de atabales, sacabuches y chirimías y de las galeras se escapa un aroma de otro mundo, con semillas y frutos exóticos.

Por el Arenal hay ya una confusión de bravos y valentones animados por las riquezas por si consiguieran algo del banquete. Y los mercaderes están en las gradas de la Catedral haciendo sus negocios. Una auténtica Bolsa de la época como un Wall Street del XVI.

Pero regresemos a los sonidos. El paisaje sonoro de esta ciudad del pasado es casi ensordecedor. Suenan las campanas de las iglesias y los conventos anunciando las horas y los rezos, los carros que atraviesan las populosas calles, las voces de los vendedores en los mercados. Es una ciudad que nunca cesa y donde el silencio no existe. Ni siquiera cuando se cierran las puertas de la muralla y pasa la ronda. Y hay otros mapas sonoros como los que se oyen dentro de la Catedral. Suenan antífonas y un hombre pasea por las naves. Ha recorrido la ciudad y memoriza sus sonidos para luego reinterpretar todo en clave divina. Es el polifonista Francisco de Guerrero llamado El Dulce. El hombre que protagonizará con el también sevillano Cristóbal de Morales y Tomás Luis de Victoria el gran triunvirato del siglo. Lo oímos hablar y, como decían las crónicas, tenía escogida voz de contralto.

En 1518 partirá con don Fadrique Enríquez de Ribera, primer marqués de Tarifa a Jerusalén en lo que se llamará la Cruzada Pacífica, el viaje que traerá las modas del Renacimiento a la ciudad en la década de los veinte. Fecha que coincide con otro gran suceso: las bodas del emperador Carlos V e Isabel de Portugal en el Alcázar por el que pasearon invitados ilustres como Andrea Navagero, embajador de Venecia, o Baltasar de Castiglione.

Esta Sevilla que alcanza los 150.000 habitantes no es sólo espejo de riquezas, también llegan extrañas cosas de otros mundos que hacen repensar lo conocido: la geografía, la ciencia y, por supuesto, la religión. No es raro que aquí tuviera lugar un capítulo importante de la Reforma porque llegaban libros prohibidos por la Iglesia como los de Erasmo, Calvino o Lutero que se imprimían en las prensas de Europa y que se leían en secreto en casas principales e incluso en el monasterio de San Isidoro del Campo, donde se practican las nuevas doctrinas. La herejía protestante -que tenía un marcado matiz erasmista- será aniquilada en varios autos de fe. Cuando se levanta el viento dentro de este Google Time llega el hedor del quemadero. Las cenizas que impregnarán el siglo.

Atravesando el puente de barcas vemos el perfil oscuro y siniestro del Castillo de la Inquisición, no muy lejos de las almonas de la calle Castilla y los molinos de pólvora de la parte trianera con su olor a salitre, mareas y barro de cerámicas. Avanzando hacia el norte se oye la campana de espantalbures del monasterio de la Cartuja y en el lado sevillano, en el barrio de los Humeros, descubrimos un lugar donde apenas hace unos años se levantaba un muladar. Es la casa-biblioteca de Hernando Colón, hijo del almirante. Una mansión libresca creada en una ciudad de gran prestigio en el negocio de la impresión y desde donde parte por cierto la primera imprenta que llegará a América con las prensas de Jacobo Cromberger.

Sigamos hasta otro lugar fruto milagroso de este siglo que convertía basurales en paraísos urbanos. Donde antes hubo una laguna pestilente llena de perros muertos y huesos de bestias ahora hay una hilera de álamos, aligustres y arbustos de adelfas. En un extremo tiene lugar una discusión humanística provocada por la llegada de las columnas de los Hércules que esculpiera Diego Pesquera y que proceden del templo romano de la calle Mármoles.

Están Arias Montano, Juan de Mal Lara y Fernando de Herrera El Divino que dan detalles eruditos sobre el templo octasílabo de época trajanea dedicado a Hércules. En la cercana parroquia de San Martín, está la Escuela de Gramática y Humanidades, academia humanista que dirigía Mal Lara, autor de la Philosophia Vulgar, y que años antes había sido encerrado en el Castillo de Triana ante las sospechas de que fuera autor de unas hojas subversivas contra el clero. A partir de ese episodio se extenderá una veladura sobre su obra como entre la de todos los humanistas sevillanos que optarán por la poesía hermética.

Pero antes de que llegue esa sombra de miedo y represión ante las nuevas ideas brindemos por el carpe diem de un siglo hedonista. Y con quien mejor que con el poeta Baltasar del Alcázar, autor de laCena Jocosa, al que vemos en una taberna de la calle Borceguinería.Y ahora descubrimos que en cuestión de gula no fue malo este siglo. Así seducen los aromas del cocimiento de membrillos, el hojaldre de albures, los quesos curados o las morcillas con piñones y todo regado con buen vino de aloque. Alcázar murió ya cruzado el siglo -en 1606- de males de gota y piedras, así que brindemos, que mañana moriremos.

Fuente: El Mundo

! Comentario

  1. 07/01/2016    

    No hace falta ya? Me has transportado tu lectura.
    Que grande eres. Lo de google timpo yalo vere. Xq no!!

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