Huella de la época española en Bruselas: El Canal de WilleBroek

Aquel ingeniero milanés era un crack. Eso decian de él. Más valía que diera con la solución porque el problema era grave. Muy grave. El impresionante Canal de Willebroek, la arteria del comercio marítimo de Bruselas y que la monarquía hispánica había construido recientemente, corría el peligro de colapsarse. Una de sus esclusas principales se estaba deteriorando a marchas forzadas y los ingenieros flamencos no estaban dando con una solución que permitiera repararlo sin que se resintiera esta vía comercial que se había convertido en imprescindible para la ciudad.

Así que ahí estaba el Duque de Alba, sufriendo en unas tareas de gobierno para las que difícilmente se podía estar preparado. Harto de escuchar a nobles y comerciantes flamencos quejándose por tener que pagar los impuestos derivados de la construcción del canal o de mantener a un ejército que les garantizaba la paz (que Guillermo de Orange no dudaba en poner en peligro).

Claro que mientras tanto, esos mismos nobles y comerciantes, no tenían reparo en exigir protección para sus comercios, seguridad para el territorio y, claro, que las “autoridades” solucionaran el grave problema que amenazaba el Canal de Willebroek y que ponía en riesgo el seguir llenándose los bolsillos con el dinero del comercio que generaba esa vía.

— Para rato se iban a poner estos flamencos tan flamencos si todavía estuviera vivo el Emperador Carlos. Pensaba el Duque.

— Él sí que sabia como tratarlos, aún a palos como demostró en varias ocasiones. Al fin y al cabo era sangre de su sangre. A nosotros nos verán siempre como a extraños. Da igual lo bien que lo intentemos hacer. Nunca se darán por contentos… Y aunque lo estén, nunca lo demostrarán.

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Eso meditaba el Duque de Alba mientras sellaba una carta manuscrita de su puño y letra dirigida al Duque de Parma, Alejandro Farnesio, donde le explicaba el problema que le acuciaba y por el que solicitaba, con todo respeto, que le enviara a Giorgio Rinaldi a Flandes para analizar la situación de la esclusa y encontrar, si la había, una solución adecuada. El Duque de Parma aceptó encantado: Quería ver hasta dónde el ingeniero en que depositaba toda su confianza era un tío capaz.

Para Alejandro Farnesio (Duque de Parma) había tres llaves necesarias para abrir cualquier puerta en la guerra de sitios que dominaba esa época: La astucia, el valor y la ingeniería. Por eso se hacía acompañar siempre de Rinaldi un ingeniero formado al albur de todas las obras constructivas (fortalezas, puentes, canales,…), que se desarrollaban en las múltiples posesiones del rey de España. Tenía Giorgio Rinaldi una mente capaz, despierta y preparada para encontrar soluciones sencillas a problemas complejos.

Y el problema del Canal de Willebroek, pensaba Alba, sólo un excelente ingeniero podría solucionarlo.

En todo caso, era raro que se diera un problema de desgaste en una esclusa porque la construcción se había inaugurado sólo ocho años antes. Una obra de ingenieria de primerísima magnitud que había sorprendido a propios y extraños: Un canal de treinta kilómetros de longitud (de 8 a 10 m. de anchura y 2 m. de profundidad) que unía Bruselas con el caudaloso Escalda (y por consiguiente con la comercial y rica Amberes…) y el mar del Norte. Eso conectaba Bruselas con el mundo y se convertía en un espaldarazo brutal al comercio de la ciudad.

Él había oído hablar del Canal de Willebroek un poco antes de entrar en la mitad del siglo. Por entonces el Emperador estaba ya muy deteriorado física y anímicamente. De facto todo asunto de gobierno importante pasaba por manos de su hijo Felipe que hacia tiempo que daba muestras de estar bien preparado para recoger el pesado testigo de la gobernación de un Imperio.

Cierto es que la construcción del canal fue iniciativa del Emperador, que conocía las demandas de los bruselenses que suspiraban por esta vía marítima ya desde el siglo pasado. El proyecto empezó, con ciertos retrasos y parones posteriores, a tomar cuerpo en 1550 auspiciada por Carlos e impulsada por Felipe. En 1555, ambos en viaje para presentar al heredero en Flandes y abdicar en él, pudieron ver los avances de la impresionante obra. Tres años después de la muerte de Carlos I, en 1561, se inauguró con grandes fastos el canal que había visto la luz en tan solo once años: La monarquía hispánica había construído el Canal de Willenbroeck para beneficio perpétuo de la ciudad, de sus ciudadanos y de los descendientes de éstos.

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Giorgio Rinaldi llegó a Bruselas en julio de 1569 y enseguida se pone manos a la obra. La solución queda finiquitada en agosto de 1570, construyendo lo que se le dió en llamar un sifón ‘Trois-Trous’ que era un manera novedosa y adaptada a las circunstacias de vaciar y llenar el agua de la esclusa. La crisis del Canal quedó solucionada pero no consta que nadie diera las gracias a nadie por gestionar adecuadamente el problema. De hecho, es hacia esa fecha, hacia 1569, cuando se exacerban (manipulan, sería la palabra más apropiada) los ánimos por la aplicación del impuesto llamado ‘décimo’ y que intentaba equilibrar el presupuesto de los Países Bajos, terriblemente deficitarios (y que enjuagaba Castilla, dicho sea de paso…). La Guerra de los Ochenta años iniciaba otra fase.

Fue este ingeniero, Giorgio Rinaldi, el que guió los pasos de Alejandro Farnesio unos años después, para conseguir la victoria que lo catapultó a los libros de Historia Militar. Rinaldi el ingeniero milanés, diseñó, proyectó y dirigió la construcción del puente sobre el Río Escalda que permitió a Farnesio conquistar Amberes en 1585.

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El Camino Español

correo: caminoespanol@gmail.com

PD: No hemos podido confirmar que fuera el Duque de Alba quien hiciera llamar al ingeniero Rinaldi (tampoco lo contrario), aunque debió ser alguien con el suficiente caché como para pedir algo así al Duque de Parma. El Duque de Alba, por ejemplo…

Fuentes:
Annales des travaux publics de Belgique
New picture of Brussels – J. B. Romberg
Le conducteur dans Bruxelles et ses environs – J. Gautier
Precis historique et statistique des canaux et rivieres navigables de la… – B.-L. De Rive
Le Promeneur dans Bruxelles. The Stranger’s Guide through Brussels

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