Flota de Indias Amenazada (III). La difícil decisión del Almirante Egüés

Para cuando el Almirante de la Flota de Indias se preparaba para salir de Cuba ya sabía que en la costa española le estaba esperando una flota inglesa para intentar capturar el precioso cargamento. Zarparía hacia España pero ¿y al llegar? ¿estarían los ingleses esperando?

Cuba, diciembre de 1566.

El temor se había confirmado. Un despacho oficial con todos los lacres y sellos que la importancia y la urgencia reclamaba, le informaban a él, como Almirante de la Flota de Indias, que una poderosa armada inglesa se hallaba en las costas de Andalucía. En ese mismo documento le ordenaba que se dirigiera a las Canarias donde encontraría nuevas órdenes.

No era la primera vez, ni sería la última, pero de nuevo le asaltó el pensamiento de que bendito momento en el que las Islas Canarias formaron parte del reino. Las islas eran el abrigo, el abrazo, la mano amiga antes de partir y, a la vuelta, el regazo, el refugio y la protección… y para los ingleses una de sus peores amenazas, porque podían bloquear Cádiz pero las Canarias hacían que su mezquino esfuerzo fuera costoso, incierto y la inmensa mayoría de las veces infructuoso.

Presume con estos gemelos de los Tercios. En la T de Tercios

Volvió al escrito con la misma velocidad que se evadió de él porque daba información oficial sobre el triste acontecimiento, que ya le adelantara su amigo por carta, sobre el ataque inglés a la flota de Tierra Firme. El Almirante de la otra Flota de Indias, Marcos del Puerto, en contra de las órdenes que había recibido, no esperó a la flota que Egüés comandaba para, juntas, abordar con más garantías la llegada a Cádiz. Al menos, se dijo Egüés, se enfrentó valerosamente a los ingleses y les truncó el botín… Mientras, en el puerto, nada detenía el normal desarrollo de los acontecimientos allí en Cuba.

Por fin, el 24 de Diciembre, víspera de Navidad, la flota de Nueva España soltaba amarras y se dirigía con parmoniosidad hacia la boca del puerto. El buen viento permitió las maniobras necesarias y al poco la Capitana y la Almiranta surcaban el mar al frente de cuatro navíos de refuerzo, un patache y seis navíos de carga. En total trece velas que se adentraban en el Océano con la incertidumbre de una ruta plagada de riesgos para meterse en la boca del lobo.

Febrero de 1657 , cerca de las Islas Madeiras.

— Este bajel es realmente rápido, pensó. Fantástico. Si tuviera dinero no dudaría en comprarlo. Lástima que el sueldo de capitán no dé para eso… ni para mucho menos. Se lamentó.

Desde que saliera de Londres con el despacho casi no había descansado. Por fin podría hacerlo porque ya divisaba las islas atlánticas. No tardaría mucho en alcanzarlas y entregar el documento urgente que tenía como destino Robert Blake, General del Mar de la flota inglesa, que seguro esperaba noticias en el puerto portugués, que desde unos años a esta parte utilizaban como si fuera inglés.

El joven capitán no sabía, ni le importaba, cómo era posible que Portugal, que hasta hacía pocos años era rival (e incluso enemigo) ahora fuera aliado fiel de Inglaterra. Lo que sí sabía es que ahora reinaban los Braganza (que Francia e Inglaterra habían aupado al reinado portugués en detrimento de Felipe IV, rey legítimo) y éstos agradecidos le habían correspondido abriendo sus puertos a los ingleses. No sería el único pago. No tardarían en darse cuenta los portugueses, los intereses tan altos que cobran los ingleses por esos favores… A los pocos años, Portugal, no tendría ninguna relevancia en el comercio marítimo con Oriente porque perdería la mayoría de sus inmensos territorios en el Índico y el Pacífico. Sólo le quedaría Brasil.

En un gesto casi inconsciente se llevó la mano derecha al costado izquierdo. Allí buscó el tacto del despacho que entregaría al General del Mar. En él, Cromwell, de su puño y letra, informaba a Blake que la Flota de Nueva España había salido de La Habana; que debía dirigirse, con toda urgencia, a las costas de Cádiz y le recordaba lo vital que era para Inglaterra hacerse con el cargamento de metal precioso.

Febrero de 1657, cerca de la Isla de la Palma

Si no le esperara una flota enemiga de más de sesenta naves de guerra, estaría de lo más feliz. Pero lo cierto es que la preocupación no le había dejado disfrutar, como se merece, del hecho de que la travesía atlántica hubiera transcurrido con tanta tranquilidad y ausencia de incidentes.

Cuando Diego de Egüés, Almirante de la Flota de Nueva España, divisó la isla de la Palma dio orden de que todos los ojos disponibles se pusieran a otear el Océano para divisar posibles velas que aparecieran en el horizonte mientras recorrían las leguas que les separaban del puerto. Allí debía recibir instrucciones sobre qué derrota debía tomar la Flota de Indias en esas circunstancias tan delicadas.

Firma-Diego-Egues

Rúbrica del Almirante Egüés

Febrero de 1657, Puerto de la palma

— ¿es de octubre? … qué raro… Se dijo Egüés mientras abría el despacho que debía darles las instrucciones precisas sobre qué hacer con la flota. Leyó el documento con avidez. No podía ser. Lo volvió a releer: ¿¿¡¡Debía ir a la península!!??

Miró al secretario que habia subido a la almiranta para hacerle entrega del despacho con una mirada que reflejaba a partes iguales sorpresa e incredulidad.

— ¡10 millones de pesos que entregar con urgencia, una flota enemiga que me busca…! ¿¡y la instrucción es meterme en la boca del lobo…!? ¿¿Seguro que no ha llegado un despacho posterior??, inquirió al secretario.

— Seguro, Señor. Ese documento es el único que ha llegado para usted. Respondió el secretario con voz un tanto tremula.

El Almirante ya no escuchaba. En realidad sabía la respuesta y sobre la marcha estaba ya decidiendo ir al importante puerto de Santa Cruz, en la isla de Tenerife, para recabar más información. Y ojalá que fuera más reciente, se dijo.

Todas las buenaventuranzas que habían tenido en la ruta hacía la Península se estaba tornando en adversidades, porque en el camino hacia la isla de Tenerife les sorprendió una tormenta que separó uno de los buques menores. Era el segundo que dejaba la flota. El patache había dejado la formación antes de avistar Palma.

En Santa Cruz le recibió Alonso Dávila, Capitán General de las Islas. Su amable bienvenida apaciguó por el momento la preocupación de Egüés. Por el momento. Justo hasta que Dávila le informó que él también había recibido un despacho; que también era de octubre y que básicamente decía lo mismo que la de Diego Egües: La Flota de Indias debía seguir hasta la Península.

La angustia del Almirante era palpable. Estaba claro que, si bien las órdenes de octubre eran seguir viaje, a tenor por la información de diciembre, la armada enemiga se interponía en su camino.

Alonso Dávila, era también militar, curtido en los Tercios de Flandes, así que no le costó mucho ver la carga de la responsabilidad a la que estaba sometido el Almirante. Le propuso que descargase la plata y esperase órdenes de su majestad, pero Egüés, muy a su pesar, estaba decidido a cumplir las órdenes que tenía. Sin más, si bien con el formalismo que ambas figuras requerían, salió de la estancia.

Dávila lo dejo partir. Sabía, como el propio Almirante, que una intuición no es suficiente motivo para desobedecer una orden… Aunque sea que intuyes que caminas hacia la muerte segura…

— De esa pasta están hechos los héroes, aunque a veces nos parezcan locos. Pensó Dávila.

El 26 de febrero salió la flota de Tenerife. Y bien sabe dios que el Almirante se tuvo que emplear a fondo porque la tripulación, que conocía la situación, no estaba por la labor. Cuando los barcos apuntaban a mar abierto Diego Egüés lo porfiaba todo a sus galeones y la habilidad de su tripulación. Mientras se santiguaba, también solicitó la ayuda que pensaba les haría mucha falta

— Que sea lo que Dios quiera…

El Camino Español

I – Flota de Indias Amenazada. Robert Blake, el ‘no-almirante’ inglés
II – Flota de Indias Amenazada. La presa ansiada: La Flota de Nueva España
IV – Flota de Indias Amenazada. Hacia la boca del lobo

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