El Duque de Alba defiende Holanda (III): La batalla de Jemmingen (3 de 3)

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La batalla de Jemmingen fue la tercera batalla (1ª batalla, Dalen y 2ª batalla, Heiligerlee) que enfrentó a las fuerzas mercenarias invasoras, encabezadas por los Orange-Nassau contra las fuerzas leales encabezadas por el Duque de Alba y conformada principalmente por los Tercios Españoles que defendían tierras holandesas. Y si tuvierais que apostar… ¿por quién lo haríais?

Jemmingen, Campamento de Luis de Nassau, 21 de julio, al punto de la mañana

Apoyado en la mesa con ambas manos, negaba lentamente con la cabeza. Eran unas pésimas noticias. Y lo peor de todo era que él mismo se había metido en la boca del lobo. La situación no era en todo caso desesperada, al fin y al cabo comandaba un ejército de 12.000 mercenarios que haría temblar las rodillas a cualquiera. También a Alba. Pero era una situación no deseada y eso lo contrariaba.

Cuando recibió la noticia ya anochecía así que no había más remedio que esperar a que despuntara un nuevo día para enviar un grupo escogido de hombres, río arriba, a que hiciera un tanteo de las fuerzas leales. Esa era la información que, ansioso, estaba esperando para definir los siguientes movimientos.

Presume de la bandera de los Tercios de Spinola. En la T de Tercios

Vanguardia de Sancho Dávila, punto de la mañana

Con los refuerzos llegados la noche anterior y las instrucciones precisas que le diera por carta el Duque de Alba, puso a sus hombres en marcha antes del amanecer. El objetivo no era otro que alcanzar Jemmingen. Avanzaron lentamente, casi sin visibilidad, por los estrechos caminos cruzando los numerosos puentes que aquella tierra acanalada tenía por doquier.

Al frente, Sancho de Ávila, Alonso de Vargas y Andrés de Salazar, con la compañía de arcabuceros a caballo del capitán Montero. Tras ellos 500 arcabuceros de los capitanes Marcos de Toledo y Diego Enríquez y Hernando de Añasco. Luego otros 500 arcabuceros de Julián Romero y más atrás 500 más a cargo de Sancho de Londoño, con 300 mosqueteros. Un total de 1500 arcabuceros y 300 mosqueteros que tenían la difícil misión de mantener todos los puentes transitables hasta llegar a la Jemmingen.

Vanguardia de Duque de Alba, punto de la mañana

El avance estaba siendo penoso. Muy penoso. Tantos canales alargaban las formaciones y la oscuridad de la noche no permitía muchos despistes. Más de un juramento, rápidamente acallado, se había oído porque algún traspiés había dado con algún soldado en el agua.

El movimiento envolvente era de manual. Aun así tenía sus riesgos. Los mercenarios de Luis de Nassau tenían el Erms a la espalda, por su flanco derecho avanzaba Sancho Dávila para hacer saltar la liebre y ahora, de frente a la población de Jemmingen, se estaba colocando la fuerza que él comandaba. El otro factor clave era la sincronización y en eso las exclusas abiertas lo estaban poniendo todo patas arriba. El avance, casi de noche, se estaba retrasando en exceso. En esas cavilaciones estaba el Duque de Alba que barruntaba, preocupado, que el grueso del ejército podía llegar tarde al envite.

Vanguardia de Sancho Dávila. 21 de julio, 9:10 de la mañana

Dos soldados se acercaron a la carrera a Dávila que lideraba la formación. Los había mandado para que le informaran de lo que había delante. Volvían con jugosas noticias.

— A media legua (unos dos kilómetros), Capitán. Tal vez un poco menos. Dijo uno.
— No serán más de veinte hombres. Hemos oído caballos y ambos hemos creído ver arcabucería. Dijo el otro.
— Montan guardia sobre un puente en el que hay una esclusa enorme que mantienen abierta para que inunde los campos.

No necesitó más. Estaban cerca de Jemmingen, si los herejes rompían la maquinaria de la esclusa y se inundaba todo, el avance sería tan lento que se convertirían en tiro fácil si, como intuía, el Duque de Alba quería acabar con Luis de Nassau en esa población.

Las órdenes salieron de su boca mientras espoleaba el caballo para que acelerara la marcha. No esperaría ni un segundo más. Los de a caballo recorrieron la distancia todo lo rápido que permitía el terreno. El grupo de mercenarios al verlos llegar, sencillamente montaron y al galope fueron a dar parte a Luis de Nassau. La paga no daba para tanto.

El avance de los de Dávila no varió ni un ápice. Solo se detuvieron cuando, un tanto sorprendidos, se dieron cuenta de que estaban cruzando el último puente antes de llegar a Jemmingen que divisaban a lo lejos y con el camino expedito. El puente, el último puente antes de llegar a Jemmingen, estaba en manos españolas. Y las esclusas que inundaban los alrededores de la población donde se había fortificado Luis de Nassau, ya hacía tiempo que dejaban de verter agua a los campos.

Dávila desmontó. Su fino instinto de militar experimentado le daba muestras claras que ahí se decidiría buena parte de lo que hoy aconteciera. Organizó a los poco más de treinta hombres que a galope le habían seguido para aguantar lo que fuera hasta que llegara el grueso de su fuerza, que venía a marchas forzadas.

Jemmingen, Campamento de Luis de Nassau, 21 de julio, 10:05 de la mañana

— ¡joder!
— ¡¡joder, joder, joder!!

El día se le estaba atragantando. No solo no sabía qué número de efectivos tenían los leales, además los tenía a las puertas. En cuanto lo supo envió una fuerza de 4.000 hombres a recuperar el puente, mientras ansioso esperaba a los exploradores que enviara río arriba.

Sin embargo la única información que le estaba llegando, dada la cercanía del combate, era que un puñado de españoles se habían hecho fuertes en el puente próximo y estaban resistiendo el envite de la fuerza enviada. La estrechez de los canales, le narraban, impedía desplegar a los hombres y anulaba la aplastante superioridad numérica.

— Termópilas, balbuceó Luis de Nassau… al que la ira ya hacía rato le consumía.

La llegada de uno de los exploradores la aplacó de momento. Inmediatamente le hizo pasar para, dejando el protocolo a un lado, inquirirle sobre el número de efectivos que tendría esa fuerza.

— No más de dos mil, Señor.

A pesar de que el explorador había abandonado la estancia una vez concluyó su informe el grito le llegó claro y meridiano:

— ¡¡¡Aplastaaaaadlos!!!

Vanguardia de Sancho Dávila. 21 de julio, 9:45 de la mañana

— Caaaaarguenn!

Y ellos obedecían como máquinas.

El pulso firme, los dientes apretados, alternando la mirada entre lo que se traía entre manos y el movimiento de los enemigos. Antes de que la pelota de plomo alcance su objetivo, ya tiene el arcabuz en posición vertical dispuesto a ser alimentado, pero con el rabillo del ojo comprueba que un hereje más puebla el infierno protestante.

No se habla ni se grita cuando los Tercios están en batalla. Lo que haya que hacerse, vivir o morir, debe hacerse en silencio. Así lo manda el Tercio y así ha de ser.

Vacía totalmente el apóstol en el magnífico tubo de metal vascongado. Ahora introduce el proyectil con un trozo de estopa para evitar los gases. Tienen los gestos mecanizados de tanto practicar y la precisión hispana en el campo de batalla no tiene parangón desde hace décadas. Bien los saben el resto de naciones.

Con exactitud, sin titubeo, introduce la baqueta y aprieta con fuerza proyectil, tela y pólvora. El silencio de la formación es total, la concentración es máxima pero el ruido alrededor es ensordecedor. Disparos por doquier, entablar de picas, choque de metales, fogonazos, humo, sangre y muerte.

Bernardino Rodríguez, como siempre, es el primero en poner el arma en ristre abordando el último paso. Pólvora en la cazoleta, cerrándola para evitar sustos y mirando a su sargento con el rabillo del ojo mientras busca su próximo objetivo. Sopla la mecha, abre la cazoleta, el momento se acerca. Tal y como le enseñaron respira profundo y aguanta la respiración, sigue con la mirada y el cañón de su arcabuz al objetivo que aún no es consciente que pronto visitará a su creador.

—Fuego!!!

Acciona el gatillo y bummmm!!! y antes de que la pelota alcance su objetivo, ya tiene el arcabuz en posición vertical mientras con el rabillo del ojo comprueba que otro hereje deja este mundo de vivos. Son el mejor ejército del mundo que lo arrolla todo a su paso.

Camino DukelWeg de acceso a Jemmingen, Fuerza del Duque de Alba. 10:30 de la Mañana

Había enviado a Lope de Figueroa y un grupo escogido de soldados a explorar el acceso principal a Jemmingen. La distribución le había llegado con todo lujo de detalles: Luis de Nassau había preparado para defender la plaza por ese flanco: cinco piezas de artillería, flanqueadas por dos rebellines con su cuerpo de guardia. Y claro los casi 12.000 hombres agrupados en dos escuadrones atrincherados.

La cercanía permitía no obstante tener noticias frescas. Es por eso que Lope de Figueroa pudo informarle con mensajero que había detectado que una parte importante del contingente se había desgajado y en formación remontaban el camino de río. Eso concordaba con las informaciones que le llegaban sobre el duro combate que había entablado Dávila y sus dos mil hombres con las fuerzas mercenarias mucho mayores en número. La diferencia en calidad entre españoles y mercenarios era evidente. Los españoles siendo la mitad estaban siendo capaces de avanzar posiciones hacia Jemmingen.

No una, ni dos, sino tres veces había pedido refuerzos en picas y caballos Sancho Dávila para poder continuar y consolidar el avance que estaban consiguiendo pero que ahora, tan cerca de la población, se veía detenido por la presencia de artillería. La respuesta había sido en esas mismas ocasiones la misma: No os hacen falta. Avanzad.

Y es que la estrategia ya hacía tiempo que estaba marcada y solo faltaba que Luis de Nassau se dejara llevar y picara el anzuelo.

Vio llegar al soldado que galopaba como alma que lleva el diablo… éste tiró de las riendas con destreza para detener el galope del caballo a vera misma del Duque. Fue breve y conciso, que era lo que Alba quería en esos momentos:

— Se mueven, Señor Duque, los escuadrones se mueven.

Sonrió. Sonrió como los jugadores de ajedrez que saben que han ganado la partida varios movimientos antes de dar el jaque mate. Sonrió porque de nuevo tuvo la sensación placentera de saber que había nacido para esto y que lo hacía a la perfección.

Bahía de Dollard, 21 de julio de 1568, 11:00 de la mañana

Ruud examinó el sombrero con atención. El contacto con el agua lo había deformado y lo que de normal era muy sencillo, ahora, en esas circunstancias, no lo era tanto.

— No sé, Maas. Parece alemán…

En ese momento ambos cayeron en la cuenta que los cañonazos que llevaban oyendo intermitentes desde hacía unas horas, habían tocado a su fin definitivamente. Ambos se miraron con cara de circunstancias, y sin mediar palabra pensaron lo mismo:

— mal día para ser mercenario al servicio de Luis de Nassau y Guillermo de Orange.

El Camino Español

PD: Luis de Nassau ordenó mover a los escuadrones principales para romper la fuerza comandada por Sancho Dávila. Ocasión que aprovechó Alba para que Lope de Figueroa se hiciera primero con los rebellines mientras atacaba frontalmente con el grueso de sus tropas Jemmingen. Los mercenerarios mal comandados por el Nassau y ante lo que se les venía encima rompieron formaciones e intentaron huir hacía el único sitio por el que podían: el río.

Las crónicas cuentan que los mercenarios murieron por miles. 6.000 mil dicen algunas fuentes, 7.000 otras, y hasta los 10.000 marcan las terceras consultadas. Muchos de ellos por las picas y arcabuces de los Tercios españoles pero la inmensa mayoría ahogados al intentar huir cruzando el río.

Fuente de la fotografía: https://www.ecktiv.nl/

 

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