Etapa 6: Colmar – Luneville

Y es la etapa reina porque necesitaremos un poco de margen para llegar a Luxemburgo con tiempo por motivos que conoceréis más adelante.

La cuestión es que desde Colmar teníamos previsto llegar a Baccarat (muy famosa por sus cristales…) pero ganar ese tiempo que comentábamos nos hizo pensar en alargar la etapa hasta Luneville. En total 125 kilómetros. Tampoco sería nada del otro mundo si no fuera por la cordillera de los Vosgos que separa ambas poblaciones….

Dos puertos de montaña de más de 700 metros. El primero con 15 kilómetros  de subida continuada para salvar 500 metros de desnivel. El otro puerto, el de Saint-Marie-aux-mines. El mismo desnivel pero en 5 km. Es decir pendientes del 10%.  ‘pa’ agarrarse los machos…

Pero vamos por partes. Colmar… Ah… Colmar… Nos vamos con una sonrisa en la boca y un pellizco en el corazón. Otra,  como Namur, al rincón de las ciudades preferidas (y aun tenemos que añadir una más por ahora). Venga que me disperso… total que dejamos Colmar y vamos directos a por los puertos de montaña.

Contamos con la ventaja que los abordamos al inicio del día y eso nos da mucho margen si lo usamos bien. Poniendo la directa nos acercamos a Ribeauvillé pensando en pasar la población como una exhalación… Craso error… No nos detenemos pero resulta imposible pedalear deprisa por unas calles tan bonitas, repletas de casas antiguas adornadas con flores y con mucho gusto. Una delicia de pueblo. Recomendable al 100%,  por no decir obligatoria,  la visita.

Y salimos disparados a enfrentarnos a los dos gigantones. No os diré que fue fácil. No lo fue. No os diré que fue rápido. Tampoco lo fue. Pero pedalada a pedalada alcanzamos los dos puertos. Una vez alcanzado el primero nos permitió acceder Saint-Marie-aux-mines, un pueblo minero cuyo recurso principal fue la plata. El pueblo fue próspero y pujante mientras extraer plata fue rentable. Y  ahí quedan muchas casas para demostrarlo. Cuando el negocio dejó de ser rentable… Pues en esas están.

Un respiro en el pueblo y seguimos para el siguiente. 5 km con un desnivel mantenido de 10 km (y diez kilos de más…).

En esas que ando pedaleando a mi ritmo… Uno, dos, tres, cuatro,… y así hasta cien y vuelta a empezar… En un momento dado distingo por el retrovisor una bici negra con dos alforjas naranjas a unos sesenta-setenta metros. Me sorprende porque hacía unos instantes había mirado y no había visto nada… No distingo al ciclista pero si el pedaleo y las alforjas naranjas. Por lo que he visto en ese instante me va a alcanzar pero aun tardará un po… ¡¡Coño!!  ¡Qué susto! Miro a mi izquierda y el de la bici negra con dos alforjas naranjas era un abuelo de no menos de 75 años! ¡¡Pero que cabrón! ! (de verdad, con todo el cariño del mundo y toda mi admiración sincera).

Como decía ¡qué cabrón!… Pero ¿cómo puede ser?… Me fijo en la bici a duras penas porque sigue pedaleando y ya va tres metros delante mio. Ah! Es una bici de las de batería como las que probamos con Leo en el Hotel Sust… Sonrio. ¡Qué crack!  El abuelo que seguro que ha adivinado mi pensamiento (… sobretodo el primero…)  sin dejar de pedalear, suelta una mano del manillar, pone la palma hacia arriba y sube los hombros como diciendo… ¡Qué quieres que te diga, chaval…!

… Uno, dos, tres,… Qué cabrón… X-D

Luego, arriba, cuando, LA y yo,  nos juntamos de nuevo en lo alto de Puerto de montaña nos echamos unas risas pensando en el repaso que nos había dado el abuelo. Y también, ya en un tono más “profundo”, sobre el mérito, el coraje y las ganas de vivir que hay que tener para querer seguir viajando aún con los achaques de la edad. Y más en bici. Lo dicho, un crack.

Pasamos la prueba de los puertos y aun faltaban más de 50 km… Tal y como estaba previsto nos detuvimos en St. Dié des Vosges, población que tiene su importancia en la Historia porque ahí se le puso al nuevo continente descubierto por España, América (aunque fuera por una cagada en toda regla del cartógrafo. Sea como fuere el nombre triunfó y no me extraña porque es realmente bonito) .

Comimos algo rápido y dejamos pasar un poco el tiempo para que transcurrieran las horas más fuertes del calor. A las 7 de la tarde y con el cansancio en el rostro llegamos al hotel. La etapa reina de este Camino Español tocaba a su fin: 125 km y dos puertos de montaña ¿quien me iba a decir a mi que iba a poder? Aunque es cierto que nos lo dejó bien clarito el abuelo de la bici y no con palabras sino con hechos: si se quiere se puede.

El Camino Español

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