Etapa 4: Lucerna – Basilea. Despidiéndonos de Suiza

Nos hemos ido de Lucerna con cierta tristeza. Es una ciudad para recorrerla con tranquilidad, para saborearla. Pero Basilea esperaba y no queríamos retrasarnos. También el imponente Rin que la baña y que nos comentó Leo (del hotel Sust de Hospental) muy ufano que nacía en Suiza. Aquí cada uno con lo suyo.

Además ésta era una de las llamadas Etapas Mayores, de más de 100 kilómetros, y la primera de este año dado que nos saltamos la de Milán-Bellinzona por la caída la noche de la llegada.

Con los calores que está haciendo también por aquí, lo mejor era empezar temprano así que para las 9 ya llevábamos un rato pedaleando. Buen carril bici, buena temperatura, buen ritmo…

En Sursee, había una competición de voleibol que había transformado el pueblo. A falta de playa se la inventaron y con bastante buen resultado la verdad. Claro que de la plaza del pueblo difícilmente se podía reconocer nada. Como eran los primeros 25 km tampoco nos entretuvimos mucho. Sellamos la credencial, rellenamos los bidones de agua y salimos zumbando.

Bidones que por cierto teníamos que ir rellenando en cualquier fuente que encontráramos porque el calor apretaba de lo lindo. En una de las paradas para rellenar los bidones me picó un avispa/abeja (no la vi bien la verdad) en la rodilla. Esperaba una hinchazón considerable pero pasaron los kilómetros y la hinchazón no se produjo… O al menos en términos mucho menores.  Supuse que al picar en la rodilla y con la rótula tan cercana, el efecto fue mucho menor. Sea como sea me alegro porque pedalear con dolor no mola nada.

Paramos en Zofingen hacia las 12:30… Y nos emplatamos. Lasaña, LA, y pasta, para mi. Había más hambre que una manada de lobos. Y con calor, tira, pero con hambre no se puede pedalear. Es una máxima de mi cosecha.

Con uno de los camareros conversamos (en un italiano que ya os podéis imaginar…) y le preguntamos sobre el coste de la vida en Suiza. Casi se nos hecha a llorar… Los alquileres caros, la sanidad cara, los impuestos altos, todo fatal. Pero ahí estaba él… Visto lo visto, eso de quejarse es un deporte muy practicado en todas las latitudes.

A las tres, con ‘toa’ la calorina,  nos pusimos en marcha, Basilea nos llamaba y no queríamos hacer tarde a la cita. Bueno eso y que ya no teníamos ropa limpia y era urgente encontrar una lavandería… Que hay que explicarlo todo… 🙂

Y nos dimos maña, porque con repechón de a cinco kilómetros y 400 metros de desnivel, y alguna que otra confusión en el recorrido,  alcanzamos el destino hacia las seis. Buena hora y buen ritmo.

Como era domingo, el tema de la ropa no tuvo solución satisfactoria y hubo que apañarlo al modo antiguo. El centro ya lo pasearíamos por la mañana antes de salir para Colmar, así que después de cenar algo rápido,  nos fuimos a la rivera del río a hacer lo único decente que se puede hacer en estas circunstancias. Tomarnos una cerveza fresquita, mientras nos despedimos de Suiza, viendo el anochecer en las aguas del Rin y con Basilea de fondo. Nos ha encantado conocerte, Suiza, ha sido todo un placer.

El Camino Español

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